Hay momentos en la vida que piden a gritos un punto de inflexión. Esos momentos en los que ves como se cierra la etapa por la que venías transitando hasta ahora, pero aún no tienes muy claro qué vendrá luego. Puede que ni siquiera sepas lo que quieres que venga.
Digamos que estoy en uno de esos momentos. Digamos que acabo de finalizar mi carrera, de dejar la ciudad en la que he estado viviendo durante los últimos años y digamos que no tengo ni idea de qué quiero hacer con mi vida. No es que el mercado laboral ayude en exceso, y mi indecisión absoluta sobre a qué me gustaría dedicarme...tampoco. Digamos que lo único que tengo claro ahora mismo es que quedarme en casa de mis padres viendo pasar los días mientras no encuentro un trabajo decente y me muero del asco no es una opción; y digamos que por todo esto que acabas de leer tiene sentido este blog.
Me había dado el verano de margen para decidir qué hacer, pero lo cierto es que no se me encendió ninguna bombilla, no tuve ninguna idea brillante, las semanas fueron pasando y las perspectivas eran nulas, así que, aprovechando las circunstancias empecé a pensar que, dado que a día de hoy tengo todo el tiempo del mundo, y dinero para subsistir durante un tiempo, podía ser la ocasión perfecta para hacer una de esas cosas de las que no me apetece arrepentirme de no haber hecho dentro de unos años : pasarme unas semanas de interrail.
Se habla mucho de los viajes como puntos de inflexión, como caminos que te hacen abrir puertas nuevas, ver las cosas de manera diferente, descubrir, conocer, aprender en general de todo aquello que te puede ofrecer el mundo. Yo siempre he sido de las que creen que cada destino, cada nuevo lugar que conoces puede aportarte algo nuevo como persona, que la grandeza que te transmite un lugar puede hacer que tú también te sientas un poco más grande.
Tengo ganas de descubrir nuevos rincones, de enamorarme de monumentos impresionantes y de callejuelas recónditas, de encontrar la esencia de una ciudad escondida en una esquina, de perderme entre edificios, plazas, fuentes, museos e iglesias. De emborracharme de sensaciones.
Tengo la esperanza de el conocer sitios, gente, historias hasta ahora desconocidas me ayude a encauzar un poquito hacia dónde y de qué modo me gustaría encauzar mi futuro. De encontrarme a mi misma, que dirían algunos, aunque a mi me suena un poco grande la expresión.
Puede que precisamente por esa sensación de punto de inflexión tenga ganas de ir escribiendo lo que pasa a lo largo de estas semanas, y que me dispongo a compartir con vosotros. Creo que puede ser una oportunidad bonita tanto para hablaros del interrail en general como de los sitios en concreto que vaya, o consejos en general basados en lo que me vaya pasando.
Lo mágico de los puntos de inflexión, de los momentos en los que no tienes ni idea de lo que te va a deparar el futuro, es la sensación de que con cada paso que das estás tomando una gran decisión sobre lo que vendrá durante el resto de tu vida. De que cada momento y cada lugar, cuenta. De que la vida está llena de oportunidades, y no sabes muy bien en qué esquina te podrás encontrar con una. Pero qué gran momento para descubrirlo.
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